Por fin me alcanzó la edad.
Dejando a un lado el albur, ahora, a punto de cumplir 41 años, es hora de despedirme del chile.
Mi estómago, tradicionalmente resistente a cualquier tipo de ataques culinarios, no resistió los excesos de ésta temporada navideña y ha recompensado el poco respeto que le tuve con la decisión unilateral de otorgarme agruras, un estado físico anteriormente desconocido por mi cuerpo.
Nuestra relación siempre fue controversial, pero siempre llena de excelentes momentos.
Como cualquier niño mexicano, sucumbí a sus encantos a través de los dulces picantes y las papas fritas comercializadas con una variedad de sabores que fue incrementando con el tiempo.
Poco a poco fui admirando su poder en la cocina, aceptando con normalidad las costumbres que asombran a los extranjeros, cuando lo ven utilizado no solo en los platos fuertes y entradas, sino incluso en bebidas y postres. No hay platillo mexicano o extranjero que no pueda ser mejorado con la adición de algún tipo de salsa.
¿Cómo no enamorarse y extrañar esas salsas frescas hechas a mano en molcajete, en la cocina de mi bisabuela?
¿Cómo olvidar incluso las salsas que convertían el sabor del pollo loco en estados tan diferentes como el día y la noche?
¿O dejar sin mencionar las comilonas en las taquerías como Los Molcajetes, en Pachuca, con su tradicional salsa de aguacate, que es capaz de levantar muertos?
¿Los atracones de chiles en frío preparados por mi suegra en las Navidades?
Los mexicanos tenemos esa adicción de complementar cualquier platillo de cualquier cocina con nuestros sabores, es casi imposible de evitar.
Desde agregar jalapeños a las hamburguesas.
Utilizar chiles toreados en la salsa de soya para la comida japonesa.
Añadir hojuelas de chile, o salsas embotelladas, a las pizzas.
Por eso mismo, cuando vamos al extranjero, tomamos cualquier riesgo con tal de llevar nuestros preciados condimentos durante un viaje largo.
Recuerdo cómo en un viaje a Israel, nos burlábamos de un compañero que había contrabandeado unas latas de jalapeños en su maleta. Una semana después, todos le suplicábamos nos compartiera unos pocos para hacer más pasables las comidas. En nuestras caminatas por Tel Aviv, encontramos una tienda llena de productos de comida mexicana, corrimos hacia ella con emoción, hasta que vimos los precios. No quedó otra que continuar con nuestras súplicas.
Todos esos momentos se perderán en el tiempo, como lágrimas derramadas por comer demasiado habanero.
Es hora de decir adiós.
